I.
¡Mentira!
Las primeras líneas de mi primer libro pertenecían a una novela que iba a llamarse Cuando vuelves. Este libro iba a contar la historia de un verano interminable y una niña saliendo del capullo. Pero se ha quedado a mitad de camino. Me he quedado a mitad de camino.
Digo: Mi primer hombre ha formado un nido entre mis piernas y no se quiere ir, o soy yo quien se ha negado.
Lo estoy intentando. Estoy asomándome a mi forma de perdón.
Para ello, N. me ha regalado un conjuro: Las manos sobre el útero será la liberación de los pájaros.
Es tiempo de crecer.

II.
Ayer por la noche Clarissa me habló sobre la Luz del Abismo. Estoy comenzando a ver las puertas: 
La muerte ha sido una. Pronuncio la muerte porque he entendido que es parte del Todo. 
Vida/Muerte/Vida.
Le he perdido el miedo al sol. Ahora en lugar de apartarme, cierro los ojos y dejo al calor atravesarme, pintándome los párpados de oro. El calor es un regalo del cielo. También lo es el perdón: Regalo providencial —este término ha aparecido varias veces en los últimos días—.

III.
Quizás nunca termine de escribir Cuando vuelves, pero hoy he entendido que el perdón, los pájaros y el sol han venido a hablarme de lo mismo que Sabina hace 2 días atrás: A M O R.
Ella la de los bosques soy yo, somos todas.

Intuición será lo mismo que decirte: 

La liberación de los pájaros

La estación de las libélulas

El amanecer de la Mujer

[Otra puerta]



Pregunto:
¿Qué es una mujer?
Sabina responde:
Amor.

He encontrado una llave.
Sabina me ha susurrado al oído

El invierno

La desidia

La guerra

La supervivencia
de la palabra escrita.


La electrizante pasión
puede consumirnos como el fuego.
Pero sin fuego no hay vida.
Sin pasión,
la vida no es vida.

Pregunto:
¿Qué es lo que nos hace ser valientes?
Ella responde:
Amor.

Se es valiente cuando el amor
supera al miedo.
Sabina ha venido
a lavarme las dudas
con un torrente de lava.
Esto ha sido
justo a tiempo:
En este lunes de silencios
comienza
una nueva fase lunar.

La maldita felicidad
puede venir disfrazada
de pasión electrizante.
Maldita felicidad
que has venido a tocar a mi puerta.
Maldigo tu condición

De exclusiva

De única

De tu posibilidad
de una vez en la vida.

Maldita felicidad decía Carl,
y con esto la despojaba
de toda bendición
por doler hasta los huesos.
Escribo esta maldición
con un amor profundo,
profundo como el mar,
o tal vez, el océano.
Escribo sobre Sabina
y Carl
y su maldita felicidad,
porque me han recordado
a un invierno entre los árboles
que supo iniciar el verano
por debajo de la piel.

Carl dice:
¿Ves el amor en todas partes, no es así?
Sabina responde:
Es la fuerza que mueve al mundo.
Ésta también podría haber sido mi respuesta.
Sabina y yo nos parecemos.
Hemos entendido que la libertad se gesta

En la sonrisa del niño

En la aceptación del amor

En la supervivencia
de la palabra escrita.


Entonces,
Cuando alguien venga preguntarme
qué es una mujer,
sabré mi respuesta:

A partir de hoy,
yo también te recuerdo Sabina,
aunque esto incluya tu muerte.
Maldita 
Maldita
Maldita felicidad.

*

Cuando muera quiero que Jung tenga mi cabeza; él es el único que la puede estudiar y diseccionar. Quiero que mi cuerpo sea incinerado y que mis cenizas se dispersen junto a un roble, en cuya corteza esté escrito “Yo también fui un ser humano."


Poema inspirado en la película Te doy mi alma (2002)
Imagen vía s-dot.it/prendimi-lanima

Lisandro me habla del anfibio que emana del azul, como tantas otras veces, pero esta vez lo escucho diferente. Es que ha pasado el mar, me ha (tras)pasado un mar entero.
Mientras Lisandro y el Anfibio y el mar, María escribe: "Be free", que en español significa "Sé libre". La libertad es como el mar: ES. Pensar en el Anfibio, en el azul, en el mar y en la libertad me da serenidad y esperanza, como cuando el mar se queda quieto y por un momento le cede protagonismo al horizonte —al igual que una foto de ayer por la noche, Flor y la reconciliación que le trae paz a su nueva versión de la mujer—.
"Esto es una forma de amor", y al pensarlo me nacen escamas. Digo: "Amor, amor, amor"; y lo repito porque se siente bien de la boca para adentro. Este pequeño momento se parece bastante a la felicidad, pero no podría asegurártelo porque todavía estoy aprendiendo; estoy aprendiendo mis propias definiciones de los placeres del mundo.
Cierro los ojos y mientras empieza a sonar Igual que ayer, me siento plena porque hoy puedo decir que me llenaron el corazón de palabras. Me estoy llenando de música. ¿Me crees? Dame tu mano. Me lleno de música y me convierto en canción en este mismo instante, ahora, con tu mano empezando a sentir cómo galopa el corazón salvaje. El corazón salvaje conoce el idioma del fuego que ha empezado a brotar hace unos meses atrás. El fuego me ha ayudado a sanar y a re-escribir los sueños y el vuelo de afuera hacia adentro, como un poema del plexo solar.
"Le pregunto a papá que es una sístole", anotaba hace unos días atrás; esto fue antes de vaciarme pero después del día que nos quedamos a oscuras. Mi padre no contesta con la voz, contesta con un secreto hecho silencio: "Tu mamá no sabe cuánto la amo".
Esto, de alguna manera, se ha convertido en la llama de mi voluntad de querer quererme, del cambio, del Amor como un eco: Amor, amor, amor. En el Amor encuentro la oportunidad de transformarme en el mar como el anfibio y el azul, quiero decir, encuentro la posibilidad de SER.
Alguna vez Julio escribió: "Pero el amor, esa palabra", y hoy le respondo a él, a mi madre y a mi padre; a los tres les digo, casi como un mantra: 
M A R 
M A R
A M A R

*
"Si me pierdo a mí misma,
lo pierdo todo."


Imagen vía Brigette Bloom

Estoy soltando el querer entender. Hoy pude verlo, claro como el reflejo de un ocaso de Roma en el Tíber.
Amanecí con un recuerdo dulce en la lengua, o quizás fue un idioma que aún no se ha inventado, no lo sé.
Abrí las cortinas con un poco de paz y un poco de tristeza, porque ayer nos deshicimos de fotos y objetos que carecían de dueño. ¿Cuánto vale una foto, o una lupa, o un papel con la letra de mi padre? Ayer por la noche valió poco, porque entendimos que el valor está en nosotras: La sangre.
"Sólo un cuenco vacío puede llenarse", decía Marina un verano hacia atrás. Me estoy vaciando para lo que está por venir; y este vacío en lugar de ser agrio se está convirtiendo —lenta, lenta, lentamente— en una sensación que va desde el centro del pecho hasta la punta de mis dedos, como una corriente que aún no he podido definir... Te dije, ¿ya dije que estoy soltando el querer entender? Esta sensación... Ah, es que no puedo definirla, pero sé que eso está bien, que hay sensaciones que no se pueden definir, como algunas canciones, como algunas ciudades; como el paso del tiempo o el abrazo de una madre, como el amor de las manos de una abuela.
Estoy soltando y me siento dulce, y cierro los ojos y viene un recuerdo... Ahí viene. Siento cómo comienza a expandirse el corazón; se expande de tal forma que por un segundo temo que no resistan las costillas. Digo: Este momento, en este momento la gloria y la muerte son iguales.
Podría morirme con la dulzura, la paz y la tristeza formando un triángulo en mi cuerpo. Podría morirme sabiendo que parto con una frase que define lo más importante: "Pero antes, antes hubo vida."
Querer entender la demacrada y caprichosa belleza de la vida y el afán de cubrir el sol con el índice, son la misma cosa.
Por eso abro las manos; estoy empezando a soltar.



Imagen vía Brigette Bloom

Elliott,
Hoy llegó tu imagen como un viento huracanado, de esos que sacuden hasta la raíz; vino conteniendo la furia de la vida en un acorde.
No llevo la cuenta de cuánto tiempo la ausencia de tu cuerpo y las manos en el pecho expresando conmoción sobre el filo, el filo de un arma blanca o una hoja de papel, que a veces son lo mismo.
"Heaven adores you" —dice el título de un documental sobre tu vida. Hoy, de todos los días, he decidido escribirle a tu muerte. Es que se me ha hecho una costumbre escribirle a quienes están en otro plano. Podrán creerme loca, pero en realidad veo a la muerte solo como una transición.
Elliott, quiero agradecerte. Quiero darte las gracias porque en tus letras he encontrado una forma de sanar, porque tus demonios muchas veces han salido a encontrarse con los míos, y se han puesto a danzar sobre las tumbas de la monotonía y el témpano de hielo de aquellos que no sienten o no quieren dejarse sentir.
Te digo: El corazón del poeta, en ocasiones, puede ser la voz del inframundo. Y ahora entiendo que esto está bien. La única forma de vencer a la muerte es la creación. Para mí ya eres eterno.
El cielo te adora y yo te agradezco, y me repito, pero quiero agradecerte una vez más por haberme acompañado en la sucesión de los bosques, en el lenguaje del cemento y el crudo invierno de este rincón del mundo, que al parecer difiere tanto del tuyo pero comparte una misma dolencia: la nostalgia, la sensibilidad, la membrana permeable; esto es lo que somos, Elliott. El poeta es el estómago del mundo.
Esta tarde me senté a contemplar tu intimidad mientras el sol decidió emprender la retirada. El sol tampoco muere, se deja suceder por el cielo, así como nosotros por la música; nos dejamos transitar por la música. Perecemos una y otra vez como dos pares de labios que se abren para pronunciar el amor, aunque duela y aunque, de tanto en tanto, pueda ser sinónimo de lluvia.
El cielo es y sigue siendo en todos sus estados. El poeta es; es lo que el océano es al cielo.



Imagen: Letra de "Son of Sam" x Autumn de Wilde

He comenzado un libro que inicia con la frase "Cantando sobre los huesos". Esto me recuerda al día que encontré el movimiento en la quietud del corazón.
Hablo con mi madre a pesar de los huesos hechos trizas, le digo: Mamá, creo estar convirtiéndome en mujer, creo que he aprendido a no temerle al sexo y a la intensidad de lo efímero. Hablo con mi madre de mujer a mujer. Este diálogo será la primera sílaba de páginas azules, bosques y raíz; páginas que relatarán la agridulce travesía entre la hija y la mujer.
Le he dicho adiós a la máscara de los puntos suspensivos, a los hombres que se transforman en hiedra sobre las manos y los pies y el corazón. Le he dicho adiós a las persecuciones del yo versus yo, al homicidio de mis posibilidades. He pronunciado un adiós a la forma humana de mis padres, a la caricia de mi abuela; a los apuntes del colegio, las estadísticas y los análisis sintácticos; a la fuga... estoy aprendiendo a decirle adiós a la fuga para encontrar la libertad adentro mío: El cigoto de la mujer indómita se hace luz a través del corazón.
Podría nombrar 40 formas aleatorias de decir adiós, 40 formas o más en las que he aprendido a crecerme la mujer que hoy se sienta en frente de un teclado para abrirse el pecho y convertirse en aluvión de mariposas de papel. Podría volar a París y perderme sin relojes y sin mapas. Podría convencerme de que todo va a estar bien y esto es algo pasajero, que no pasa nada, que el invierno es algo que se guarda en el mismo cajón de las historias cobardes. Podría hacer lo que hice todas las veces anteriores: escribir una carta, relatar un adiós, incendiar las palabras y pedir que el humo me devuelva la poesía y la gacela y la certeza de que viene algo mejor.
Pero no; hoy, la mujer que escribe hoy, la mujer que se está haciendo en el mismo instante en el que esta sucesión de letras tratan de explicar lo que sucede por dentro; la mujer que se sienta del otro lado de lo que tú estás leyendo ahora, a futuro; esta mujer ya no puede mentirse a sí misma. 
La mujer que está creciendo necesita transitar el estadío de la duda para elegir un camino. Esta vez el fuego no será suficiente. "Tendrás que aprender a cantar", dice. Estamos siendo una, ya nos han crecido las cuerdas vocales. 
La mujer indómita repta como la serpiente que viene a enseñarme de la vida en el desierto, de la supervivencia en tierras áridas de verbos, de las raíces del silencio y el amor. "Tendrás que aprender a cantar sobre tus huesos".
De fondo suena un piano y mientras quedó suspendida en sus notas, cesa la escritura, digo "Gracias" y escribo: "Estoy empezando a convertirme en canción". La libertad, en ocasiones, viene en forma de lágrima.

* Han pasado 2 semanas y aún no he terminado de deshacer las maletas.



Escribo: "Un día de enero por la tarde me he sentido libre". También he sentido la libertad de las mujeres de mi árbol, dándome a probar de su poder con el elixir de la sangre que corre por mis venas.
Le he dicho a mi madre en los sueños: "La poesía es mi talismán, mamá. La poesía ha venido a salvarnos, a curarnos a todas".

En un día de enero he trazado símbolos haciendo del oxígeno galaxias. He sentido la magia en la anciana azul que se ha acercado a decirme: "Acepta-tu-naturaleza".
Luego, la dama de blanco me ha invitado a hacer música en el piano: "Tú eres canción", dijo; y entonces creí sentir el fuego en las yemas de los dedos como un hechizo de amor. Ahora entiendo de dónde proviene esta pasión por la música.

Una tarde de enero fui liberando mis cadenas. Después de la música vino la audacia del viento en el rostro, el sonido del océano y un magnetismo tan inexorable que me hizo creerme sirena. En las profundidades del océano he visto nacer los bronquios de la mujer que se hace en el silencio, en la memoria del agua, en el secreto de los corales y las ostras, en la mansa esperanza de la supervivencia.

Esa misma noche me dije al espejo: 
"Sé consciente. La transformación ha comenzado".
Le he dado las gracias a Kali y Hécate por el humo sagrado, el bosque azul, y la oscuridad que se hace una conmigo, con las mujeres que me habitan, con las mujeres que me han antecedido.
Esa misma noche extendí las palmas de mis manos en el aire y me lancé a bailar bajo la única influencia de la sangre; me dejé bailar repitiendo hacia adentro: "ME SIENTO CON VIDA".

La mujer indómita hace de la libertad un poema a cuerpo abierto y baila, baila, baila hasta que se siente sanar. La mujer indómita se disuelve en el viento, en el fuego, en el azul, en la música... La música ha venido a salvarme, una-vez-más. 
En el movimiento encuentro la forma de sentirme mujer.
El impulso de la sangre rige el cuerpo. 
Como el papel que le gana a la piedra... Mi papel es la palabra.
Digo: "La furia y el concreto ya no pueden contenerme".
Con esto nace un impulso hacia lo desconocido, y al decirlo 
se asoman las ganas de lanzarme a correr.
Libertad, mamá...
Nos vamos convirtiendo en L I B E RT A D.


Imagen vía pinterest.com

18 de enero de 2016, 10.30 pm.

Julio,
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, casi dos meses, aunque parece un año entero. Qué puedo decirte yo del tiempo, el tiempo que se deshace de placer tomándonos lección.

Se ha ido un año. Ha terminado el año en el que he comenzado a escribirte para hablarte de la música, de la muerte y de París. Ha terminado el año en el que sentí la transformación por debajo de la piel, filtrándose con astucia, como el preámbulo del humo que saldría de tu boca en 1967 por las calles de esa mismísima ciudad. 

Julio, algo se ha roto. Son las cadenas que me enlazaban a esta ciudad de furia, cemento y grito seco en las entrañas. He mirado a Buenos Aires a los ojos y le he pedido que me suelte, que en los últimos viajes he encontrado una forma nueva de sentir, de volver a respirar, como quién se salva del naufragio. Le he dado las gracias por dejarme cicatrices en los labios, por mecerme en su tumulto y ofrecerme un hogar entre sus manos. Pero como sabes, todo lo que empieza es, a la vez, el augurio de un final. Puedo sentir el indicio.

Buenos Aires me ha pedido tiempo. Me ha dicho que aún nos quedan páginas en blanco y poemas y versiones por leer; que todavía estamos a tiempo de una reconciliación. Entonces, miro tu foto. Miro tu foto para intentar dilucidar una respuesta, algo de ti que me ayude a decidir si quedarme o partir, si empezar a escribir las raíces en los pies, o buscar mi propio rumbo a la deriva, en el movimiento de la ruta, en los colores del ocaso; allí donde el tiempo cambia la pizarra por un lienzo y se convierte en Dalí.

Sigo mirando tu foto, y a pesar de que no nacen las respuestas, sí, crece la certeza de que algo adentro ha cambiado. He cambiado, Julio. He cambiado de piel: en el color de los mirlos, en la levedad de las flores, en los poemas en sismo; en tus libros, el de Anaïs y el de Clarice como un oráculo; en el fervor de Buenos Aires, en la nostalgia de París; en el crescendo del bosque, la canción de la noche y la montaña...
Pero todo lo anterior no ha sido más que una excusa para contarte lo importante:
He vuelto a nacer.
He vuelto a nacer y esta vez mi corazón se ha transformado en los latidos de un violín.


Escribir una carta de amor para un cuerpo ausente, para el verbo fantasma, para el hombre que pronuncia las ciudades al unísono conmigo.
Carta #1: http://goo.gl/hCo0Rm
Carta #2: http://goo.gl/KQf3g0

*
Imagen: Chris Marker- La Jetée ,1962
vía pariisi.tumblr.com
"El corazón del mundo canta en mi corazón."
Buika

I.
Le dije al refreno que espere, que quiero llorar, que estoy escribiendo la canción de los hombres como un trueno sobre el pecho. "El cuerpo de la mujer es un tesoro sagrado", me dice una voz que desconozco. 
En ella encuentro la sabiduría que necesito por hoy, y con esto me basta. No necesito saber nada más que lo que el universo está dispuesto a mostrarme.

II.
Me han preguntado qué es lo que espero del año y no he sabido contestar. Me he dado cuenta de que la felicidad reside en esto, en esta pequeña y dulce-dulce incertidumbre. También en el abrazo de diciembre de Dante que me enseña, con su espíritu de niño, a vivir en el presente.

III.
Sari me escribe con una canción que habla de volver a los bosques. Esto ha sido después de hacer las paces con mi padre. 
En una loma la voz de mi padre me ha dicho: "Entiendo la decisión que has tomado". Le he contestado con la libertad de las lágrimas al viento, entre mirlos y dientes de león. 
Mi decisión es sanar.
"Las sábanas limpias y la gravedad estirando los brazos", le escribo a mi hermana. La claridad es la llave.

IV.
Escribo: "El amor es la muerte de la jaula". La libertad ha salido a jugar conmigo pero no me sé las reglas. "Intuición", dice la voz que no conozco; y luego más fuerte: "INTUICIÓN".
En diciembre Kali ha venido con una flor que se abre en la palma de la mano y un párpado que se abre entre los ojos, como una ventana. 
"Abrirse a la intuición es aceptar tu oscuridad", sigue diciendo la voz.
Pero ante la posibilidad de abrirme, viene el miedo, el miedo a aceptar mi naturaleza. Esto lo he aprendido sola, cuando la intuición del cáncer en mi madre, en mi padre, y luego en mi madre... de nuevo.
Liberar la intuición es escuchar el bosque azul que llevo dentro; la vida, las entrañas, la muerte; la línea entre la vida y la muerte.

V.
Hécate ha venido a tomarme la mano. Me habla en la piel de la serpiente, en la perra vagabunda, en el búho que se permite escuchar el lenguaje de la noche. Me habla en el idioma del fuego.
Me encuentro en la perra que observa la puerta que se abre, y observa, y observa; observa y se pregunta cómo será la libertad.
En lo que llevo de enero me han nacido las ganas de seguir las señales, de airear las sábanas, de escuchar mi intuición, que es lo mismo que decir: "Me han nacido las ganas de aceptarme como soy". Y mientras escribo, la voz vuelve a vibrar desde el estómago para decir: "En la aceptación de la noche encontrarás a quienes corran contigo."

Doy mis primeros pasos en dirección a la puerta —apenas puedo ver el sol— lo suficiente para entender: 
ha comenzado un nuevo día.



Imagen vía Katerina Plotnikova

9 de enero de 2016, 3 pm.

I.
Vuelvo.
Buenos Aires me ha recibido con el ardor del verano y una bofetada de cemento a primera vista; me ha quitado el aire y el espesor de los bosques, pero hay algo entre nosotros que no puedo negar: Buenos Aires es como ese amante que quiero dejar ir y a último momento detiene mi partida con un "quédate conmigo".

II.
"Some say love is a burning thing" dice una canción mientras la tarde, el viento y líneas blancas sobre gris.
Digo: Buenos Aires, nuestro amor es incendiario. Nuestro amor es incendiario en el medio del verano, cuando tus pulmones se deshinchan del smog y el barullo de hora pico. Nuestro amor es incendiario cuando recorro las calles de San Telmo y la bohemia se convierte en un elixir que no puedo resignar.
Buenos Aires, me haces sentir viva cuando me pierdo en el vaivén de las luces de tus autos, que no son más que intentos fugaces de alborotarme la sangre. Y es justo cuando un semáforo interrumpe mis corridas a través de una avenida, cuando quedo aprisionada entre el doble sentido de tus números y meses, que percibo el atisbo de conquista; entonces tu amor viene como un beso que se escurre entre los surcos de mis labios, un beso que sabe a tormenta y conmoción.

III.
Buenos Aires me lleva, me trae, me vuelve a atraer; me endulza, me envuelve, me susurra poesía, osadía, pasión. Buenos Aires me mira a los ojos y entona, entre graffittis y concreto, "Somos ahora", que es lo mismo que decir: Tú y yo somos, en este momento, en este momento en el que has vuelto a mí.
Sí, he regresado, pero ya no soy la misma que hace meses atrás. La carta de amor para Argentina que escribo desde julio me ha cambiado, me ha transformado en canción. 
Miro a Buenos Aires desde la altura de su página celeste y le digo: La montaña me ha enseñado sobre el alma de las piedras, y los bosques y los ríos me han devuelto la raíz.

IV.
Ayer tuve un día feliz porque Sabina, Contigo y Más guapa que cualquiera. Ayer tuve un día feliz porque un abrazo sentido y un nudo que estoy empezando a desatar: Vivir en el presente sin dejar que el pasado se interponga.
Ayer tuve un día feliz porque el Puente de la Mujer en el momento propicio, y Flora y Yamila y un brindis por la transformación.
Ayer tuve un día feliz por la gracia de sentir hasta los huesos, por pintar mis labios de fucsia y sonrisa porque sí; porque me puse linda para mí y eso es lo que importa.
Ayer fue el día en el que desmitifiqué a Buenos Aires y entendí que, en realidad, el fuego va por dentro, es decir, convivo con el incendio a dónde sea que voy.


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