*
El árbol ha ejercido una condena.
Ya
No
Más.

Daré vuelta la página para escribir mi propia historia.
La gitana y la perra vagabunda comulgan en una misma dirección:
Mía.

Te diré un secreto para no enfermar:
Por momentos se me olvida cómo era el rostro de mi madre.

El árbol.

Levantarme las raíces.
Levantarme el vestido.
Levitar de los prejuicios.
He oído el susurro ancestral
Y libero un secreto para no contaminarme:
Siento tristeza por la historia de mi abuela.
Siento tristeza por la historia de mi abuelo.
Siento tristeza por la sequía de amor.

Y aún así me abro
Y en la cima del árbol,
de un tiempo a esta parte,
Libero mi aullido
Y agradezco la vida.

Gratitud,
Había olvidado cuánto me gusta esta palabra,
Había olvidado mirar el ocaso,
Había olvidado escuchar el rumor

Del viento

Del latido

Del sol cuando se esconde o se levanta el vestido.

"Nadie me comprende,
sólo el bosque y el río."
Escribe Papusza,
Que significa muñeca,
Que significa coraje,
Que significa poesía.

Soy el momento que elijo ser
En este momento.
Confieso un secreto,
Y me abro,
Y en la cima del árbol
Me animo a gestar mi verdad:


Escribo la sangre 

Escribo las ramas de ancestros y los bosques en llamas a las tres de la mañana. 

Escribo el deseo de amor

Vengo.



Imagen vía anormalmag.com

"Tu canción preferida será el himno de La Tierra."

*
21 de agosto de 2015, 4.04 pm.

Sólo mi cuarto sabe cuántas canciones absorbí en la adolescencia. Lo que me recuerda que ya hace más de 10 años desde la primera vez que escuché Transatlanticismo. Me gusta pensar que enamorarse debe ser muy parecido a escuchar esa canción.
En fin, cómo decía, absorber las canciones, sí. La música suele atravesarme de tanto en tanto, al menos una vez al día. Suele atravesarme tanto y tantas veces que alguna vez alguien preguntó qué no podría faltarme en una isla desierta y contesté "música" sin pensarlo demasiado.
La música me atraviesa como se atraviesa un océano (lo ves, Ben, siempre terminamos hablando de lo mismo). Se filtra por debajo de la piel haciendo de las "palabras que no existen" la forma de salvarme del hastío y la monotonía.
¡Ay, música! Mirá que intento describirte y no me alcanza. No me alcanzan las palabras. Pero intento, me invento la forma porque "sin las palabras dime qué nos queda". Lo intento porque quizás alguien lea en algún lugar y esté pensando: a mí me pasa lo mismo. Lo intento porque si me dejo arrastrar por la duda, o por el hecho de que "llevo días buscándome yo"; o tal vez si me detengo a pensar en que nadie va a leerlo, podría estar perdiendo la oportunidad de coincidir con la persona que está del otro lado. Y qué lástima sería cerrarse a la posibilidad del encuentro. "Tienen que ocurrir tantas cosas para que dos personas se conozcan" - leí alguna vez por ahí, mucho antes de que alguien preguntara que no podría faltarme en una isla desierta, pero después de haber escuchado Transatlanticismo.
Y mientras Ben me dice al oído que va a contarme cómo nació el Atlántico, detengo mi escritura para prestar atención, como se le presta atención a los secretos.
Entonces, en el minuto 3:00/7:55, llega mi frase preferida: "Te necesito más cerca". Se hace esperar porque, como decía mi madre, todo lo bueno lleva su tiempo.
Supongo que, después de todo, la música y yo coincidimos tal como dice una frase de un libro que habita mi mesa de luz: "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos."

*
Y es que a veces me pierdo en mi propia canción y me vuelvo abstracta, abstracta del mundo, abstracta de mí, abstracta de las muertes que me han curtido la piel como el sol del mediodía o un incendio de amor a principios de este mes que casi termina y se me da por olvidarme hasta las comas. Me pierdo, y no digas que no te lo advertí, porque lo he escrito. 
Ésta es la diferencia entre decir y escribir: 
al escribir las palabras quedan detenidas en el tiempo. 
Éste es mi propio conjuro: 
detener el tiempo en las palabras, detener el tiempo escribiendo los hilos del mundo, 
el himno de la Tierra, 
la música, 
los hijos del mundo (que todos somos);
las 29 canciones que me he llevado de viaje.

Y la música... la música es tan solo otro conjuro para que este viaje se quede conmigo.



¿Qué es lo que nos hace desvirtuar el carácter perecedero de las cosas?
Enciendo una vela para hablarte, a ti que has venido a leerme. Enciendo una vela para decirte que no entiendo el porqué de la necesidad de prolongación de la mortalidad, del amor, del crepúsculo, de los días al sol.
¿Acaso no es mejor que la primavera nos dure un segundo para poder vivirla como la primera inhalación de alguien que ha sido rescatado del naufragio?
No entiendo la necesidad mía, tuya, de todos, de que los instantes de felicidad sean eternos, de que las historias de amor duren para siempre, de que el café no se consuma. 
Enciendo esta vela para hablarte y contarte que he visto el sol aparecer desde un balcón que no era mío, y eso lo hace único. También he visto el ocaso desde el jardín de una de las casas de mi infancia, y en el ocaso, el recuerdo de tardes sintiendo la frescura del pasto por debajo de los pies (¿sientes la humedad, la sientes?). Enciendo una vela para decirte: esta recopilación de instantes, de momentos, de luciérnagas, es irrepetible. ¿Lo ves? El instante es perecedero y tardo tan sólo un minuto en escribirlo. Allí está, ¿puedes verlo? Es este momento, se está desvaneciendo entre las manos. Se nos va, se va de nuestras manos y no hay explicaciones, prórrogas ni barreras que puedan detenerlo.
Y mientras te digo a la luz de una vela que escribo el momento para asirlo entre las manos y sangrar gotas de jugo entre los dedos, mientras te digo lo que digo, lo que escribo, lo que (no) entiendo... el momento se me escapa, se va, se fue. Allí va, ¿lo ves?
"Si hay fin es hoy" decía Lisandro, dulce, hace unos minutos atrás, y ya se ha ido -otro momento-. Y con todo esto quiero decirte: la nada es lo único que dura para siempre. "Quiero que el anfibio emane del azul", seguía cantando, y hasta el azul me dura temporadas: tierra-agua-agua-tierra. Me nacen las branquias y luego los pulmones, y quiero una caricia una mirada una guerra entre las sábanas y... ¿Lo ves? Se fue.- Ha pasado el momento.
Y a pesar de que la vela está por la mitad, te miro y te digo: ha sido un buen invierno. El invierno me ha traído la poesía, los caminos, las raíces; el invierno me ha traído el vendaval y un amanecer entre las piernas. El invierno me ha devuelto a la fuerza natural.
Se consume la cera y nos queda poco tiempo. Entonces voy a decirte que mi casa huele a incienso y peperina y luces y sombras -al menos hoy-. Voy a decirte que he abierto las manos y el músculo que habita aquí en mi pecho ha ascendido una tonalidad -pero no puedo describirlo exactamente ahora mismo, tendrás que imaginarlo-. Voy a decirte que escribir es el único momento en el que todas las mujeres que me habitan hacen comunión; que escribo el movimiento, escribo la ciudad, escribo una mirada... para que abras los ojos y mires conmigo. Voy a decirte todo lo que me ha quedado por decirte; voy a decirte que... Se apaga la vela, se va; se acaba el momento... ¿Lo ves? 
Se apaga, se va... Se fue.



I.
Te digo: si te animas a leerme verás que soy un crucigrama.
Los átomos dispersos
en desorden
en ausencias de ti y ausencias de vos
en suplencias de mí (misma)

II.
Ahora déjame decirte lo que ya no soy:
un palíndromo
una hija
una prófuga de amor 
Pero "somos", somos sí que es un palíndromo.
Tanto como Roma es el de una palabra que Cortázar supo reflejar como un anhelo.
O como el hecho de que mi nombre es otra forma de la boca sin la ausencia de "a"
O como el lecho de mi muerte y las cenizas en el viento:
Serán. 
"Serán" es una expresión de deseo.

III.
Ahora sigo y digo: 
el deseo del océano,
y los dientes en el cuerpo,
y los cuerpos al sol una mañana,
y el sol en la piel:
La metamorfosis de la piel de los cuerpos al sol.

IV.
Tomo mi piel y me pelo por capas.
Me nace un río -¿lo ves? aquí se asoma otro palíndromo que se convierte en un deseo sin ausencia de "te"-.
Y una mujer hecha de tinta
Y una muchacha con ojos de papel.

V.
En este momento en que te escribo soy 
el invierno que prefiere ser insomne entre mis manos,
una taza vacía. 
Soy un síntoma del tiempo;
un crucigrama con la respiración de la tierra
                         - ------------en este momento.



Imagen vía tumblr.com

22 de agosto de 2015, 3.30 pm.
La voluntad de los hechos sin correlatividad.
Silvestre. Mansa. Diáfana.
“¿Por qué a mí? y ¿Por qué no a mí?” - leíamos por la mañana con Noelia.
El barco lobo y la tempestad.
Me ofusco porque los adoquines intervienen con mi pulso, y por ende, la escritura.
Escribo el movimiento. De nuevo.
Ay Buenos Aires Capital. No te quiero a veces. No te quiero.
Como hoy, que elijo recluirme para volver a mis raíces. Allí estará Ella esperándome; o al menos su fantasma de cabello largo oscuro y su rostro de sonrisa-luciérnaga. Ella, palabra que coincide con el nombre de un recuerdo sobre mi escritorio. 
Ayer me asomé a oler el perfume de las teclas. El perfume a tinta me recuerda a su oficina -su de Ella- y una niña de 10 años que jugaba a escribir. Heredé una máquina con nombre de mujer y perfume de tinta. Una mujer que huele a tinta. Me gusta cómo suena.
En fin, como decía, no quiero a mi ciudad en ocasiones. Buenos Aires, Capital, hoy no te quise, como tampoco te quise el día del funeral de mi padre. Aquel día de noviembre entendí todo lo que aún me quedaba por decirle. 
Leo a Marina escribirle una carta a su padre y un nudo tiene ganas de formarse-me en el pecho. 
Deviene el recuerdo: le he escrito una carta a la muerte del silencio hace más de un año; una carta para perdonarlo y perdonarme. Luego de escribirla la he quemado. Esto no te lo he contado.
Voy a susurrarlo: existe un antes y un después de las cenizas
El humo sagrado”. El fuego parece habitar estos días sin nombre; en realidad, parece habitarme desde siempre. “Fuego y vida” - Anaïs, ¿alguna vez dejaré de citarte?. 
Tampoco te he contado que le hablo a los fantasmas. 
Reconozco que no conozco otra forma de ser. El camino del fuego me hace quererme un poco más. Pienso: no puedo estar tan equivocada mientras haya aprendizaje. 
Reconozco al menos estar aprendiendo a sacar belleza de este caos. Estoy aprendiendo a quererme un poco más.

Saudade, mamá:


I.
En ocasiones la escritura viene a mí como un espasmo, como una necesidad que regurgita. Y sin embargo, reconozco otro estilo de escritura. La escritura que se vive como una medición del pulso. Me tomo el pulso, tranquila, sólo para asegurarme que sigo con vida. Pienso: "Aledaña" será un libro para aquellos que sufren vértigo de amor, o han intentado vencerlo.

II.
He decidido que no transcribiré ni una palabra más de mi cuaderno de viaje para devolverlo a su estado original: el secreto.
Pero hay algo que es verdad: no he podido dejar de escribirte, y siento que mi escritura se ha partido al medio, y no es la misma. Yo tampoco.

III.
Ahora escribo en el espasmo desde arriba del 133. He sacado el cuaderno y escribo el movimiento de este instante en el que pienso que el barrio de Flores no hace más que recordarme a mi madre.
Y mientras el semáforo nos detiene, pienso en que ni una sola canción ha dejado de recordarme a ti.
He encontrado un plano de la ciudad dentro de una bolsa que contiene un mensaje: "Soltar los mapas". En el plano marqué los lugares que visité un día antes de partir. En el plano no figura la escritura de los días sin nombre que desconocen el tiempo, ¿sabes? Pero los recuerdo con una sonrisa mientras el sol no deja de darme de lleno en el rostro.

IV.
Hoy ha sido un buen día en el que me he dado cuenta de que algunos encuentros son un punto de inflexión, un refugio para la esperanza de que si nos dejamos llevar, los resultados pueden cambiarte la vida.
Pero voy a dejar ya de divagar y de contarte cosas sin sentido; voy a usar el hecho de que el 133 ha retomado su marcha como excusa.
El movimiento, sí.
Mi pulso nunca ha sido bueno para escribir en movimiento, esto nunca te lo dije. Y sin embargo, no por eso he dejado de escribir.



Imagen vía kradify.tumblr.com

En algún rincón lejano de algún lugar que existe pero que no voy a nombrar, una mujer se negaba a dejarse querer.
Lo hacía porque no conocía otra forma de amor, más que la del desencuentro, la distancia y la nostalgia de todas las historias que no fueron.
Que vamos, que su intención no era no dejarse acariciar ni forjar-se un continente, pero es que, una vez que una mujer se ha sometido varias veces al filo del mismo clavel, darse entera no es tan fácil.
Así, durante una temporada de días lluvia, la mujer que no se dejaba querer - y a la que le crecía un océano por dentro - aprendió a aceptar su espíritu salvaje. Ella aprendió que todo comienza por reconocer su responsabilidad en el vértigo de amor que la separa del resto del mundo. Aprendió que a pesar de que intenta curarse con palabras, no hay alivio mejor que un abrazo de domingo por la tarde. También aprendió que la única muralla entre ella y las formas de amor que la han acontecido, es la que ella ha construido. 
La mujer que no se dejaba querer entendió que no puede escribir otro capítulo hasta dar por terminado el anterior. Entonces, intentó sanar

En la confesión

En la desventaja

En la admisión de los errores

En algún rincón lejano de un mapa que ella traza a su propia conveniencia se reencontró con sus raíces, y su sangre le habló de las canciones que nunca llegaron a ser por miedo al miedo, de las canciones que quedaron a mitad del estribillo de forma tempestuosa, de las canciones que fueron crepúsculo de vida en un lugar de Europa. 
La mujer que no se dejaba querer entendió que las raíces y el vuelo no son contradicciones, sino que son parte de entenderse, para saber en dónde la tierra que merece la sombra de sus ramas. Esta mujer también entendió que a menos que se embarque en el reconocimiento de la semilla de su propia coerción, no habrán brotes posibles, y no por el agua pasada o la tierra quemada, sino por la atrocidad que implica no saber-se quién es.
Esta mujer entendió, aprendió, reconoció (y aún lo sigue haciendo). Esta mujer de tanto en tanto se cierra por derribo para lamerse las heridas. Esta mujer que soy, que somos, reconoce sus equivocaciones y se niega a ocultar sus aullidos. Se deja llorar; se permite dejar la mochila en la puerta de entrada y ceder el movimiento, para nutrir-se las raíces. Esta mujer acepta la posibilidad de que la primavera le dure un segundo. Entonces, se da

En la música

En el perdón

En la poesía

Todavía no puede darse entera, porque ya sabes como es esto, los grandes cambios llevan tiempo - o al menos eso dice la gente -. Ella dice que se está aprendiendo a querer, y desde algún rincón lejano de algún lugar que existe pero que no se anima a nombrar, espera que se crucen en el camino de esperar el armagedón de las cosas imposibles.


Versión original: https://goo.gl/VSnevY 

17 de agosto, 2.30 am.
"Ballad of Big Nothing"
Me siento a escribir cuando no debería, pero aun así me siento porque son casi las 3 de la mañana.
He terminado el cuarto café en lo que llevo del día - dicen que el desvelo no es nada cuando hay ganas de por medio -.
Suena Elliott como todas las noches desde que comenzó este invierno macizo, este bloque de inconstancias.
Mis manos heladas apenas pueden seguir el ritmo de lo que siento que tengo que escribir, pero aun así, sigo escribiendo en un intento de hacer algo útil con el tiempo, este tiempo bastardo que pasa lento cuando quiere y pasa rápido cuando sabe que no debería.
Me siento a escribir para dejar de pensar en lo que va a pasar mañana. Escribo porque extraño las rutas y a veces siento que ya no puedo cargar con la mutilación del sedentarismo. Me siento a escribir inquieta, virando las piernas hacia un lado y hacia el otro porque extraño la costumbre de estar en movimiento.
El último viaje me ha partido al medio. He quedado abierta como un fruto y esto ha sido sólo para ver si estoy madura.
Siento que he cambiado, y sobre esto último me es difícil escribir porque ni siquiera yo entiendo que me pasa. Pero he cambiado, y estoy inquieta, y busco excusas para hacer algo útil con mi tiempo para no pensar que el tiempo pasa y sigo quieta.
Quizás debería dejar de escuchar a Elliott. Quizás debería renunciar a esta ansiedad que me deja sin calcio en los huesos y me somete a la inercia. Quizás debería inventarme un verano.
Pero he cambiado, y ya no puedo mirar hacia otro lado. "No ocultes tus aullidos" decía un poema por la tarde, y ésta que soy renuncia a cerrarse porque ya he probado la nicotina de escribir la ventana la tierra el fuego las ciudades las cartas los dedos los jugos la voz el eco la voz.
Y me abro mientras Elliott me habla de la Señorita Miseria.
Y me abro mientras la sangre se niega a fluir hasta la punta de la yema de mis dedos.
Y me abro mientras hoy he extrañado la rayuela en la casa de mi abuela.
Y me abro mientras el tiempo pasa, y ya no sé si pasa lento o pasa rápido, sólo sé que pasa y se va, y sigue siguiendo, y se me sigue yendo de las manos, como esta manía de escribir a casi las 3 de la mañana después de terminar el cuarto café en lo que llevo del día; y no he parado de pensar en todos los lugares del mundo que quiero conocer, ni en ti, ni en mis raíces, ni en la muerte de Elliott, ni en las cartas de Henry y Anaïs.
Pero me abro. Esta vez me abro yo para ver si estoy madura.Y me despojo del nombre, de la foto carnet, y escribo la Gran Nada.




25 de julio de 2015, 2.20 pm.
"L’amour est la poésie des sens."
Me hago al hacer el amor, 
y viceversa.
Cuando doy una caricia
Cuando me detengo a perderme en el caos de una ciudad
Cuando le invento historias a los transeúntes

Hago el amor
Cuando escribo la penumbra
Cuando sostengo tu rostro entre mis manos 
- entonces te digo un 'te amo' que dura una noche -
Cuando el silencio.

Me hago
Cuando camino sin destino
Cuando me exploro (en) los labios
Cuando mis dedos se marcan con tinta de tanto escribir.

Me hago al hacer el amor cuando nace un poema
Cuando el poema se vuelve melodía
Cuando la melodía me borra los puntos y aparte 
sólo para expresar un deseo de prolongación.

Hacer el amor 

es 

hacerme en el amor,

y viceversa.



13 de agosto de 2015. 0.19 am.
De la manera en que dos lenguas conjugan la poesía, no como lenguaje, sino como osadía.
Como se abre el jazmín en una taza ante el contacto, con el agua al punto exacto.
O como el trayecto fantasma de tus manos por mi espalda, levantándome las dudas y el vestido.
De esta misma manera he comenzado una búsqueda.

*
¿Qué es la desidia? La escribo solo para capturar el carácter ajeno de la palabra. Esto también forma parte de su naturaleza. El hecho de que yo no la conozca, la hace más palabra. El hecho de que la palabra no me conozca, me hace más humana.

*
Hoy leí al menos 3 poemas de Girondo y 5 de Sabines. Me gusta el carácter crudo de sus formas de escribir. Escriben la sangre. 
¿Qué sucedería si yo no pensara en lo que voy a escribir a continuación? ¿Es válido escribir sin más; escribir palabras ajenas sin saber qué significan? ¿Es válido escribir dios con minúscula y Muerte con mayúscula?

*
No sé. Hoy no sé nada. Hoy no sé nada de mí, de ti, de nosotros; de mí con él, de mí con ellas, de mí con otros. No sé. Me escondo de mí. Me escondo de ti. No sé. No-lo-sé.
No sé que significa "desidia". Tampoco sé que significa el amor. Pruebo con mayúscula: Amor. Pruebo con imprenta: AMOR. 
¿Te has dado cuenta que al leerlo es lo mismo?
¿Escribo entonces para lograr una diferenciación?

*
Recuerdo una frase: "The flame is the same shape as a falling tear" (la llama tiene la misma forma que una lágrima que cae). La diferenciación está en la palabra más allá de mi forma de escribirla; como desidia y decidía. 

La diferenciación está en la lengua que conjuga la poesía

No en el músculo

Ni en la posición de mi lengua

Ni en la posición de su mano

Sino en la osadía de cómo me pronuncia.

*
Estoy detrás de cada decisión. Hasta en la decisión de no saberme en la palabra; ajena. 
Hay días en los que me quiero en la escritura y días que ando falta de ganas y escribo a la deriva para ver a dónde lleva; como una forma de resurrección. Hay días en los que puedo no saber de muchas cosas pero escribo por y para mí. Al menos hoy, con eso basta. 


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